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Quizás al leer el título te preguntes qué es esto de las “prisiones” en las que vivimos. De hecho, yo me pregunté si era la palabra adecuada mientras escribía este post. Y creo que sí lo es. ¿Por qué “prisión”? Aquí utilizo esta palabra como una metáfora. Una prisión es un sitio con limitaciones de espacio, de expresión, y de capacidad de acción, donde hay poca libertad o prácticamente ninguna. Algo que se repite durante más o menos tiempo, dependiendo de lo que dure la “condena”. Este es el sentido con el que la utilizo. Y lo hago para referirme a aquellos “personajes” que habitan en nuestro interior, de los que somos presa, y que determinan, en general, nuestras respuestas, nuestras acciones, nuestros pensamientos y nuestras emociones. Y es que, en el fondo no somos tan “libres” como pensamos. Estos personajes forman nuestra “personalidad”, y van saliendo a escena, muy habitualmente de manera automática, en función del momento, las circunstancias, de lo aprendido, etc. Se formaron a lo largo de nuestra vida, sobre todo en la infancia y adolescencia. Y son fruto de nuestras experiencias, de la familia y las circunstancias en la que crecimos, de nuestra genética, y también de nuestro árbol genealógico (aunque esta parte cuesta más de comprender). De alguna manera, y siguiendo con estos términos, cada personaje tiene su manera de pensar, sus creencias, sus valores, sus emociones, y sus patrones de comportamiento aprendidos. Y todos ellos forman o componen gran parte de nuestra personalidad, nuestro YO.

¿Y por qué te cuento todo esto? Porque en base a mi experiencia, propia y acompañando a otros, hay algunos personajes, más o menos comunes, que se repiten, y que limitan enormemente nuestro liderazgo relacional. Y no pretendo con esto promover una mirada enjuiciadora y dura hacia éstos, una especie de Inquisición y eliminación de “personajes limitantes”. Al revés, sinceramente creo que el modo de crecer como personas, como líderes, es teniendo primero una mirada compasiva y amorosa hacia esos personajes que actualmente están frenando mis resultados, mi crecimiento. Y al hacerlo consigo tres cosas importantes (al menos):

  • Tener una mirada más compasiva y amorosa hacia mí mismo. Con lo que eso implica a nivel de autoestima.
  • Tener también una mirada más compasiva y amorosa hacia el otro. Con lo que eso implica a nivel de mis relaciones.
  • Desarrollar la aceptación, como motor de cambio.

Sólo desde ahí, desde esa aceptación, es posible una transformación, un cambio. Lo dijo Carl Gustav Jung, “Todo lo que resistes, persiste”, y lo dijo Carl Rogers, “La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”.

A mí me ayudó mucho la PNL a ello, a aceptar estos personajes con una mirada compasiva y amorosa, a darme cuenta de que estos personajes no son casuales, que los tomé o los aprendí con un sentido. Que tuvieron, y tienen, una función en mi vida. Que, con su modo de pensar, sentir y actuar, buscan algo positivo y necesario para mí, aunque ahora estén produciendo un efecto más bien contrario y limitante en mi día a día. Y todo esto ocurre a un nivel muy inconsciente.

Iniciativa para tu Liderazgo

Quizás puedas jugar un poco con tu equipo, tus colaboradores, e incluso tu familia o amigos, y experimentar cómo sería tener esa mirada compasiva y amorosa hacia aquellas cosas que te irritan de los demás. ¿Cuál puede ser el propósito de ese modo de actuar para ella, para la persona?

¿Y si haces este ejercicio contigo? ¿Qué es aquello que tanto te críticas y no consigues cambiar? ¿Eres consciente de ellos? ¿Qué cambia cuando miras esa faceta tuya, ese personaje tuyo, con compasión y con amor? Siendo consciente de que está en ti por algo, que busca conseguir algo importante para ti. ¿Qué puedes estar buscando al actuar así? Habitualmente la respuesta será una emoción, un sentirte de una manera determinada y más bien agradable.

Te invito a practicarlo y a que compartas tus descubrimientos conmigo.

¿Aceptas el reto?

Avance: En siguientes posts hablaré de esos personajes más comunes que he podido observar que se repiten. ¡Estate atento!